Que la marea me traiga

No hay nadie más, estás solo. Ningún ser humano en muchos kilómetros a la redonda. Desconoces tu paradero, la longitud y latitud de tu posición no existen para el resto de tus conocidos, tan solo tienes la esperanza de que tus seres queridos te estén buscando pero, ¿hasta cuándo? Estás sentado en la orilla de una playa cualquiera en un lugar inhóspito y desconocido, fuera de tu zona de confort, lejos de tu control. Eres un náufrago solitario.

Así es como te sientes sentado en el banco de un parque, con multitud de niños jugando a tu alrededor y adultos haciendo deporte mientras tú y solo tú sabes que te acaban de decir que no en la sucursal bancaria con la que trabajas, tu última esperanza de financiar tu negocio que sigue en caída libre en la crisis que nos envuelve. La única forma que tenías de poder soportar el gasto familiar de cada día, tus hijos van a tener que cambiar de colegio y vas a tener que restringir los gastos de manera increíble.

De igual modo lo vives cuando estando en el gimnasio, a punto de comenzar una clase colectiva, mientras los demás comentan de forma alegre y divertida sus tareas cotidianas y tú farfullas que es el peor día de tu vida porque tu matrimonio se ha desmoronado. Pero a nadie le importa. Bien porque no tienes la suficiente confianza con tus compañeros de entrenamiento, bien porque no es momento de soportar una charla trascendental cuando vengo a hacer deporte para evadirme de las mías.

Estoy solo, pero rodeado de gente. Estoy en este mundo pero inmerso en mi submundo. Oigo conversaciones de fondo pero no las escucho, me hablan pero no presto atención, únicamente reconozco mi propia voz interna que piensa en alto y a mi cuerpo que empieza a moverse de forma automática en un intento de distraer a mi mente de lo acontecido. Siento que a nadie le importo. Siento que nadie me comprende. Siento que nadie me puede ayudar. Me siento como otro náufrago más del barco de la vida.

Probablemente te hayas sentido así alguna vez durante tu existencia. Tal vez cuando te dejó tu primera novia en la adolescencia, creías que tu mundo se rompía en pedazos y que tus padres no te comprendían. Quizás cuando te quedaste descolgado en un curso de la facultad y tus amigos de toda la vida siguieron su trayectoria mientras tú te estancabas con una asignatura maldita que te amargó la existencia. Posiblemente cuando tu gente pudo ir a un viaje y a ti te fue imposible por no disponer de ahorros suficientes para sufragar la aventura. Puede haber cientos de circunstancias que hagan de tus vivencias algo difícil de llevar.

El miedo a lo desconocido, la incertidumbre, el no saber lo que va a pasar, no tener el control de la situación, desconocer qué me deparará el futuro, cómo saldré de esta… Son pensamientos que pasan por nuestra cabeza y que pueden mermar nuestras facultades de ver más allá, de encontrar una solución para salir de esa situación.

Lo primero que he tenido que solucionar en mi vida ante situaciones como estas y me he dado cuenta de que cuanto antes lo haga, mejor voy a estar es a aceptar mi situación. Creo que es lo más complicado, lo que más esfuerzo me ha conllevado pero creo que, con el tiempo, puedes entrenarlo y cada vez te resulta más fácil de realizar.

Acepta tu situación cuanto antes y sufrirás menos

Piensa en un niño pequeño en cualquier situación. Cuando es pequeño y la madre lo retira de un espacio que considera peligroso, lo alza en volandas y lo deja caer en otro entorno completamente diferente en tan solo un instante. Tal vez vuelva a intentarlo de nuevo debido a su insistencia innata de conseguir su objetivo, tal vez esta vez su madre lo aleje un poco más de la zona de peligro. Esto se repetirá hasta que el niño encuentre algo que satisfaga su curiosidad y olvide lo anterior. ¿Te suena? ¿Sientes haberlo sentido, vivido u observado?

Imagina dos niños en la misma situación descrita. El primero de ellos acepta de forma inmediata el cambio que se ha producido en su existencia en ese momento y descubre nuevas cosas que explorar. El segundo coge una pataleta por seguir obsesionado con el recuerdo de su anterior meta y rompe a llorar y a gritar por verse frustrado en su intento fallido de alcanzar algo que ya no está. El segundo niño, con el tiempo, habrá desperdiciado lágrimas y sollozos para encontrarse en el mismo lugar que el primero.

Todo esto ocurrirá, desde luego, si sus progenitores o la persona encargada de su cuidado mantiene la posición firme de alejarlo de la zona conflictiva. Si a la primera de cambio sucumbe a los deseos del bebé y con su corta edad consigue lo que quiere cuando quiere sin más que berrear, no habrá quien lo pare cuando sea un adolescente.

Tienes que aceptar tu situación, es lo que me digo a mi mismo desde hace años. Por muy dura que parezca, por mucho que no entiendas el por qué, por mucho que te preguntes “¿por qué a mi?” ¡Acéptala!

Cuanto antes lo hagas, antes cambiará todo. Un cambio de trabajo, aunque implique una reducción económica puede implicar una mayor calidad de vida y la oportunidad para emprender un negocio por tu cuenta. Un cambio de casa, aunque sea menos confortable y más pequeña puede suponer que te deshagas de todo aquello que no utilizabas y que ya ni recordabas que existía y te centres en lo verdaderamente importante, que la conviertas en tu hogar y que la disfrutes más que antes. Un cambio de estado civil, aunque parezca que destruye tu forma de ver la vida, puede que con el tiempo, sea lo mejor que te ha pasado porque estabas en un sitio donde ya no querías estar por comodidad o inercia de la vida.

Permíteme que te cuente una fábula que creo recordar decía algo así: en una aldea vivía un anciano no muy acaudalado que tan solo tenía un caballo con el que labrar la tierra, un día dicho animal se escapó y no volvió jamás. La gente del lugar le comentó “qué mala suerte has tenido, tu único sustento” a lo que el anciano respondió “tal vez sí, tal vez no, nunca se sabe.” Transcurrido un tiempo, se vió sorprendido por la llegada de unos espléndidos caballos salvajes a los que acogió en su granja. Todos los aldeanos de la zona le felicitaron y le dijeron “qué suerte has tenido” a lo que el anciano respondió “tal vez sí, tal vez no, nunca se sabe”. Un día su hijo montó en el más bello corcel para domarlo y cayó al suelo rompiéndose las dos piernas. Cuando se enteraron sus vecinos le intentaron consolar diciéndole “qué mala suerte has tenido, tu hijo se ha lesionado” a lo que el anciano respondió “tal vez sí, tal vez no, nunca se sabe”. Al cabo de unos días se acercó a la aldea un mensajero del emperador para reclutar a todos aquellos jóvenes aptos para luchar en la guerra que se había desatado, no pudiéndose llevar al hijo del anciano por tener sus extremidades fracturadas. Creo que no hace falta que siga, ¿no es cierto?

Intento observar las cosas que me ocurren desde fuera de mi. Desde una perspectiva diferente. Como si fuera una percepción extracorporal de mi misma persona, es decir, me observo a mi mismo como si fuera un observador neutral de la situación, al que no le repercuten sentimientos ni recuerdos. Alguien completamente imparcial que analiza los hechos, evalúa los datos y saca sus propias conclusiones.

Obsérvate a ti mismo como si fueras otra persona

Este sería el único punto que los niños no practican de forma habitual durante su infancia, no lo necesitan. Su cambio de actitud, su adaptación al cambio en cualquier situación es inmediata y no hay espacio material para esa observación, por lo que no podemos aprender de ellos en este aspecto, pero sí sacar conclusiones al respecto.

Si te estudias a ti mismo de forma fría y distante, sin que ningún sentimiento tome el control de la situación, tienes mucho avanzado. Si aún no controlas este tipo de análisis o de forma de verte y continuamente te abordan pensamientos de rencor, de ira, incluso de odio, de búsqueda de explicaciones, de querer respuestas, de cualquier sentimiento tóxico que te pueda perjudicar y que te podría hacer actuar de forma que luego pudieras arrepentirte, estate quieto. No hagas nada.

A todos nos ha pasado el querer buscar una explicación a algo que nos ha ocurrido: la ruptura con un ser amado, la pérdida de un ser querido, una discusión con un amigo, un pensamiento que nos ha surgido o que han introducido en nuestra cabeza. Hemos deseado obtener respuestas y las hemos querido ya. Incluso cuando hemos pasado unos días tranquilos por una casi aceptación, porque aún no nos lo creemos o porque tenemos un falso momento de tranquilidad, buscamos esas explicaciones tarde o temprano.

Con el avance de las nuevas tecnologías y las aplicaciones de mensajería instantánea a las que exigimos una contestación inmediata pensando que el otro elemento de la conversación debe estar disponible las veinticuatro horas del día, la cosa se complica si no eres capaz de estar tranquilo y tener la cabeza fría. Cuando yo era pequeño, si querías hablar con alguien debías esperar a que llegara a casa, en su horario de permanecer en el hogar y si coincidía con tu momento, entablar la conversación. Al idear el contestador automático se empezó a crear el sentimiento de ansiedad entre interlocutores que no concebían que un mensaje dejado no se contestara en un tiempo prudencialmente correcto. Si lo ha oído, ¿por qué no me llama?

Actualmente, con las casillas de verificación en tiempo real de recepción del mensaje y lectura del mismo hay que saber llevarlo. Una marca de recepción no implica más que tu mensaje ha llegado al dispositivo del destinatario. Una marca de lectura implica que el usuario final tenía abierta la aplicación pero puede que esté reunido, conduciendo, medio dormido o en cualquier situación que implique que lo ha visto pero no lo ha leído, por lo que la exigencia de una contestación inmediata no es válida por parte de quien está esperando una respuesta. Por lo que es importante que permanezcas tranquilo en estas situaciones y no busques explicaciones al porqué no ha contestado.

Si dudas qué hacer, no hagas nada

Si tienes claro que una relación se ha acabado porque has evaluado de forma racional los pros y los contras de la misma durante un largo periodo de tiempo, actúa en consecuencia y rompe el vínculo con esa persona. Pero si un mal entendido, una sospecha o un rumor hace que casi contestes de forma compulsiva y dudas de si hacerlo o no, no hagas nada.

Si tienes claro que tu jefe está haciéndote la vida imposible, ya no aguantas más y por muchos esfuerzos que has hecho para que te respete como persona, no lo has conseguido, actúa en consecuencia y cambia de trabajo. Pero si una mala relación laboral está basada en el desconocimiento del otro, en suposiciones no válidas, en poner en boca del otro palabras que no ha dicho o en su cabeza pensamientos que no ha tenido y dudas de la postura que vas a tomar al respecto, estate quieto y no hagas nada.

Observa a los niños cuando se quedan parados ante una conversación iniciada por un adulto desconocido, cuando corren hacia un amiguito que hace tiempo que no ven y se detienen a un palmo de distancia sin mover un miembro de su cuerpo para darse un abrazo o cuando les das la charla de padre enfadado porque han hecho algo mal. Se quedan quietos, callados, incluso bloqueados. Su cuerpo es atravesado por cientos de pensamientos, sensaciones y sentimientos, pero no actúan.

Quizás tan solo tengan vergüenza de contestar al desconocido o buscan el beneplácito para hacerlo mirando a sus padres de reojo buscándonos al levantar la mirada. Tal vez no saben cómo expresar la alegría de encontrar a su mejor amigo tras todo el periodo vacacional. Probablemente no entiendan el por qué de la regañina, si solo estaban jugando. Pero de cualquier forma, de todos modos, permanecen quietos hasta obtener una señal de cómo actuar.

Un suave choque de puños como saludo puede romper el hielo con un extraño. Un “¿a qué jugamos?” puede repercutir en cogerse de la mano y no soltarse en un buen rato. Una sonrisa incontenida de la madre al observar su cara puede ser el detonante para pasar de una expresión descompuesta a una carcajada. Cualquier motivo, en un momento determinado, puede ser el iniciador de una acción o conjunto de ellas que deriven inevitablemente en una serie de consecuencias, pero lo importante es que han esperado por ese iniciador. Han esperado obtener información de la otra parte.

Está claro que su tiempo de respuesta es mucho menor que el de un adulto. El tiempo en llorar desconsoladamente y pasar de este estado a uno de carcajada total. El tiempo de recuperarse de una decepción, de adaptarse a un nuevo cambio, por traumático que pudiera ser para un adulto, ellos lo minimizan. ¿Por qué estar mal por algo que no puedo conseguir, que ya ha pasado o que ya no me motiva? Es algo completamente lógico para una persona adulta pero que rara vez ponemos en marcha nosotros y eso que lo observamos cada día. A nosotros nos cuesta romper algo, deshacernos de una cosa, lograr el desapego total de una persona, lugar u objeto.

Piensa en un niño como náufrago, en esa playa desierta. Si aparece un escarabajo, apuesto a que jugará con él. Si la marea le trae una madera como resquicio del velero hundido, la utilizará de formas incluso desconocidas para un adulto, simplemente usando su herramienta más potente, la imaginación. Pasados los días, cuando tenga hambre, probará plantas y animales que jamás hubiera pensado que se podrían comer. Realmente no es consciente del peligro.

Pues bien, esa es tu ventaja. Sabes lo que puede aguantar un ser humano sin beber o sin comer. Conoces lo que puede depararte el digerir algo no comestible, cómo lanzar señales de socorro por si pasa un avión o un barco cerca. Pero además tienes o como mínimo tuviste la imaginación que te hizo crear cosas de pequeño, soñar mundos que no existían y volar. Tan solo recuerda cuando eras pequeño.

Si la situación que estás viviendo actualmente te supera, respira. Mantente lo alejada que puedas y observa tus reacciones y tu forma de actuar. Ante la duda, permanece quieta. Elimina la ansiedad de la incertidumbre ocupando tus espacios muertos, disfrutando de la gente que te quiere y haciendo de los pequeños momentos algo especial. Ocúpate de las personas que tienen más motivos para llorar de los que tú tienes y agradece cada día, cada instante vivido como un regalo.

Que la marea me traiga

No fuerces las cosas, siéntate en la orilla de la vida y deja que la marea te traiga. Esto no significa que permanezcas impasible ante las cosas sino que estés atenta a las señales del destino. Una madera rota de una barca puede ser la primera pieza de un hogar. Un trozo de cuerda lo que necesitas para afianzar un sitio donde dormir. Recuerda la fábula. Cada cosa sirve para algo en un momento determinado. De cada momento puedes aprender una lección de vida.

Lo has soñado, lo has visualizado una y otra vez. Ya conoces mejor lo que quieres y ya sabes evitar de una forma más efectiva lo que no deseas. Ahora solo queda aceptar tu situación que nunca será eterna sino pasajera y preparar tu existencia con lo que tienes, estando avizor de las nuevas cosas, personas y situaciones que se presenten en tu vida. Déjate llevar, fluye con las olas y disfruta de cada gota de agua que roce tu piel. Todo está bien.

2 Comentarios Agrega el tuyo

    1. kayakoyons dice:

      Gracias Carmen. Por tu comentario y por invertir tu tiempo en leerlo.

      Me gusta

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