Una completa desconocida de toda la vida

Un niño se acerca a otro en un parque. No se conocen de nada. Nunca antes habían coincidido. Se miran. Sonríen. Juegan y corren por el parque hasta que caen rendidos y sus madres los llaman para retirarse a sus respectivas casas. “Dile adiós al nene” dice una. “Dile adiós a la nena, hasta mañana” replica la otra.

¿Fácil, no? Los niños lo hacen fácil. No sé cómo te llamas, no sé a qué curso vas, no tengo información alguna sobre ti pero estoy jugando contigo como si no hubiera un mañana. No sé si volverás a este parque. No sé si me traerán de nuevo aquí. Tampoco me lo planteo. He disfrutado y vuelvo a casa sin saber qué me deparará el día de mañana.

Ahora imagina dos adultos de diferente sexo en la misma situación, donde los prejuicios evitarían un primer contacto. Que si es muy alto, que si mira cómo viste, que si qué tatuajes tiene o qué pelos lleva. Si se acerca es porque quiere algo, corre coge el móvil o agarra el bolso, por si acaso.

Supongamos que pasamos el primer filtro de la apariencia. Y se entabla una cómoda y respetuosa conversación poco banal, es decir, no nos limitamos a hablar del tiempo mirando el suelo de un ascensor. Y esa comunicación está exenta de una parte de ligoteo que no te apetece, al menos, de momento. Sería genial, ¿no?

Imagina ir en el metro y poder charlar con la persona que tienes sentada al lado. Esperar en la sala de visitas del médico y mantener una conversación interesante con el anterior y posterior a ti. Reír y disfrutar de una buena comunicación incluso no verbal mientras haces cola en un establecimiento cualquiera. ¿Por qué no lo intentas?

Todo es actitud. Fuera los prejuicios.

Ahora, piensa en un montón de adultos y un niño como nexo de unión. Recuerdo un viaje en tren donde había un niño de unos tres añitos, de color, casi negro azabache con los dientes blancos, por lo menos los que tenía y unos ojos tremendamente expresivos. Este gran maestro de ceremonias tan solo se puso de pie en su asiento, por lo que tan solo asomaba la cabeza y miraba hacia los asientos de atrás.

Únicamente se giraba, sonreía y se escondía. Una y otra vez. Un viaje de horas que amenizó por completo y se hizo cortísimo. Al principio sólo nos percatamos unos pocos, pero conforme contagiaba su risa y enlazaba su mirada con los demás pasajeros que lo descubrían, el súper hombrecillo logró que todos los adultos que allí nos encontráramos sonriéramos, estuviéramos pendientes de él y habláramos entre nosotros de lo que estaba haciendo y consiguiendo.

Un renacuajo que sin articular palabra consiguió que decenas de desconocidos adultos entablaran una conversación en torno a él. Además, sin ninguna pretensión más que la de jugar y disfrutar de un aburrido y monótono viaje en tren. Su madre se volvía de vez en cuando avergonzada pero sin poder dejar de reír diciéndole que parara, pero él seguía.

Seguro que en ese mismo tren viajaban empresarios capaces de liderar equipos de trabajo, viajeros empáticos contadores de chistes en su círculos de amistades, gente amable con buenos temas de conversación. Pero los adultos hubieran seguido siendo elementos unitarios en un vagón repleto de posibles competidores, enredadores o cualquier adjetivo no amigable que alimentan sus mentes de prejuicios a no ser por un niño de tres años.

Ahora dime qué ocurre cuando encuentras a ese que crees que puede ser tu compañero de juegos en el parque siendo un adulto. Así, sin buscarlo, un día cualquiera en un momento determinado, al girar la esquina y encontrártelo. Con el que tienes “eso” que te hace vibrar, con el que tienes la intuición que funcionaría.

Coméntame qué sucede si el encuentro en vez de en un parque físico es en un parque virtual, a través del teléfono al llamar por temas de trabajo a un sitio, por una formación en una videoconferencia, por un chat en las redes sociales al haber coincidido al comentar cualquier cosa o por un “algo” en un instante que deseas que no acabe.

Esa persona que no has visto nunca pero que conoces hace dos vidas. Esa persona con la que chateas y conectas adivinando lo que va a escribir o coincides en lo que lees. Esa persona de la que no tienes información pero no te hace falta. Esa persona que sabes que que te mirará y verá más allá de tus ojos. Esa persona a la que cogerás de la mano y la visualizas llena de arrugas apostando por un compromiso eterno.

Ese momento es único. Brutal. Espontáneo. Algo que surge y fluye sin esperarlo, sin ningún tipo de planificación. Tan solo está ahí y lo saboreas. Sabes que hay pocos así y te relames alargándolo en el tiempo. Y te vas a dormir tranquilo, sabiendo que todo está bien, que lo que tenga que ser será y que no puedes forzar nada, pero nadie te va a poder quitar lo vivido. Ese momento que te ha llenado de energía y que te impulsa de nuevo a creer en el amor.

Es en ese momento donde vuelves a creer en el amor.

Ese instante en que la lógica no existe y la sociedad te recalca una y otra vez que es imposible. Ese pedazo de tiempo en que tus experiencias vividas marcaron como improbable. Esa diminuta y gigante ventana en el tiempo donde te trasladas a otra dimensión donde todo es posible, incluso el amor.

Tu filosofía de vida era: “No buscas, pero encuentras”. ¿Y qué encuentras? Personas que defienden que lo importante son los actos y no las palabras pero que son incoherentes con lo que piensan, dicen y hacen. Personas que hablan de amor verdadero y a la primera de cambio abandonan el camino. Personas que no han sanado sus heridas y pretenden que tú lo hagas por ellas. Personas no preparadas, incluso amargadas que descargan sobre ti sus miedos.

“¡Sé lo que quiero!”, dicen. ¡Por supuesto! Pero más importante aún, ¿sabes lo que no quieres y estás dispuesto a luchar y a apostar por ello? ¿Cómo es esa persona? ¿Cómo es esa completa desconocida del parque?

Por la parte física, es de aquellas personas que se cuida pero por estar bien consigo misma, no por estética, pero un crecimiento interno hace que se refleje en el escaparate que calza por fuera. Por lo tanto es una persona atractiva, por lo menos para mi y que transmite algo que te atrae, que te incita a jugar con ella. Además no utiliza esto como herramienta para conseguir nada sino que lo acepta e intenta pasar desapercibida.

Le encanta la naturaleza, los espacios abiertos. Los animales y los niños porque los considera seres puros y transparentes, sin maldad. Disfruta del deporte sin competir. Le vale cualquiera porque es un mero disfrute en cualquier medio y cualquier circunstancia pero no lo tiene como único tema de conversación. Lo prueba todo porque considera que la vida son dos días y no quiere arrepentirse de no haberlo intentado.

En cuanto a la parte más emocional, empatiza mucho con la gente. Estar bien con uno mismo atrae a personas de tu misma calaña y entre todos hacéis un mundo mejor. Sigue aprendiendo cada día de lo que le rodea pero sobretodo de sus principales maestros, los niños. A los que observa e intenta guiar lo mejor que puede. Se acopla a cualquier circunstancia porque la vida le ha hecho ser un padre/madre coraje, de esos que no tienen tiempo para quejarse, que pueden con todo pero que, llegado este momento, ansían un compañero de viaje que les mime y a quien desean cuidar. Alguien sobre todo con quien compartir batallas.

Entiende la vida en la naturaleza, rodeada de vida. No concibe un trabajo que no le apasione, en el que se sienta realizada. Incluso cuando lo tiene, sigue cuestionándose cosas para una mejora continua y potenciando su mente creativa planteándose nuevos proyectos que le aporten calidad de vida.

Cree que una relación se basa principalmente en el respeto, la fidelidad, la confianza, la verdad, la amistad, la complicidad y el buen sexo hasta el final de sus días. Quiere envejecer con su pareja, quiere que le siga excitando su viejito lleno de arrugas, seguir creyendo en el amor verdadero, en cultivarlo cada día, cada instante y al final de todo, ver a sus hijos y decir “¡lo hemos hecho bien, amor!”

Mientras, viajar por el mundo, vivir experiencias, descubrir culturas, disfrutar del ahora y tener la felicidad no como objetivo, sino como un mero camino a recorrer.

La felicidad como un camino, no como un objetivo.

Así es tu compañera de parque. O así lo deseas con todas tus fuerzas porque se lo has pedido al universo una y otra vez. Lo sabes con certeza porque es lo que has buscado mientras dormías. Puedes decir ahora mismo, sin miedo a equivocarte que es ella. Que te plantas. Que no sigues buscando. Que ya no hay más. Está delante de ti, mirándote. Queriendo jugar contigo en el parque. Los dos lo estáis deseando.

¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte parado, seguir andando y desperdiciar este momento continuando con tu rutina diaria yendo a la oficina y contándolo en el trabajo como una mera anécdota de la que puedes arrepentirte toda tu vida?

O vas a hacer como hacen los niños, acercarte a ella y sin mediar palabra, tan solo con la mirada decirle “¿jugamos?” Por favor, permíteme ser un niño una vez más. Yo, esta vez decido quedarme en el parque y llegar tarde al trabajo. Apuesto por ese punto de locura con el con el que no concibo mi existencia unido al valor de acercarme a lo más bello que he encontrado jamás.

Déjame ser tu “bello lokito”.

 

 



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