¡Vamos a pisar charcos!

¿Cuántas veces deseaste pisar charcos de pequeño? ¿Cuántas veces te dejaron hacerlo? Y pensaste, cuando sea más grande y no tenga que pedir permiso a nadie o no esté mal visto, lo haré por mi cuenta.

¿Cuántas veces deseaste pisar charcos de adulto? ¿Cuántas veces lo has hecho? Tal vez ya no lo deseabas tanto. Los cánones de la sociedad, lo que te habían inculcado desde pequeño era que no estaba bien porque te ibas a manchar y mojar.

¿Cuántas veces tus peques te pidieron pisar charcos? ¿Cuántas veces les dejaste hacerlo? Sigues los mismos patrones de tus padres. Te has convertido en adulto y lo tienes como algo que no debe hacerse porque te puedes enfriar y no estás dispuesto a lavar la ropa recién comprada a tus hijos.

¿Vas a seguir reprimiendo tus deseos y los de los tuyos? ¿En base a qué? ¿A lo que marca la sociedad? ¿Esa que dictamina que debes aprender sin cuestionar, desear ser mayor para añorar ser joven, vivir para trabajar y morir arrepintiéndote de todo lo que no has hecho ni has disfrutado?

Los últimos diez días han sido lluviosos en la zona y han provocado que los caminos de tierra que van a la montaña no filtren el agua y se conviertan en auténticas piscinas de barro. Salí con los peques con la bici. Unas bicicletas nuevas, recién estrenadas. Un caprichito por nuestro cambio de residencia. Con una ropa de deporte medio vieja, por lo que pudiera pasar.

Pedalear por la montaña, respirando el olor a limpio tras una tormenta es una sensación indescriptible. Cruzar por medio de un charco salpicándote de barro la espalda es gracioso a la par que interesante. Detenerte en medio del mayor barrizal por quedar presas tus ruedas y tener que apoyar el pie hundiéndolo más allá de tu tobillo, es lo que todo niño desea que le ocurra para mirar a papá y con una mirada decir “no he sido yo, es algo que me ha pasado”.

Cruzarse con otras familias andando o en bicicleta y escuchar a los padres diciéndole a sus hijos “no, por ahí no, que te vas a manchar” mientras llevas barro hasta en las orejas, me hace sonreír. Ver la cara de los otros niños pensando “yo quiero ensuciarme como hace ese papá con sus hijos” me transmite un pensamiento de “esto, mis hijos lo recordarán cuando sean adultos”. Llámame inconsciente, pero prefiero ser un loco de la vida que dejar que pase sin hacer lo que siempre he deseado.

Llegamos a otro charco gigante, esta vez en asfalto. El típico charco que cualquier peque pisotea para ver qué ocurre pero de unos ocho metros de largo y medio palmo de profundidad. ¿Bailamos claqué? ¿Te apuntas? A ver quien chapotea más fuerte. Las pisadas se convierten en patadas dirigidas para salpicar a tu compinche de locura. A ver quien traga más agua. El barro de la montaña se deshace a chorretones por tus piernas y aún no sientes frío. Estás tan entusiasmado que no eres consciente de que falta llegar a casa todo mojado. ¿Y? Ya habrá tiempo de una ducha calentita al llegar.

¿Cuántas veces te has preguntado por qué en esta vida? ¿Cuántas veces te has cuestionado cualquier cosa y buscado las razones para realizar algo o afrontar un proyecto?

Y cuántas veces te has preguntado, ¿por qué no?

No te estoy diciendo que te conviertas en un descerebrado. Analiza pros y contras, evalúa los riesgos, valora las consecuencias pero déjate llevar, aunque sea de vez en cuando.

Si vas con tus niños y tienes la oportunidad de ensuciarte, no utilices el último modelito y piensa que al llegar a casa tendrás que tirar probablemente los calcetines y preparar una ducha caliente. La felicidad de ese momento tiene un coste de un par de euros en unos calcetines nuevos y tus hijos lo recordarán siempre.

Una crisis económica limita hasta el más emprendedor e invita al vértigo frente a cualquier idea que se te ocurra afrontar. Has analizado el mercado y crees que es posible pero te frena la incertidumbre del momento, el no saber si serás capaz. Bueno, puedes quedarte pensándolo mientras pasa la oportunidad o lanzarte sabiendo que es el momento, ahora es el momento y si no lo intentas, siempre te arrepentirás. Como ya lo has hecho en otras ocasiones.

Salir de una relación conlleva un periodo de luto o eso dicen. Tu capacidad para confiar de nuevo en alguien queda mermada o eso le dices cada día a tu mente. Tu confianza en encontrar el amor se ve disminuida de forma instantánea y lo ves como algo imposible de recuperar, estás perdiendo la esperanza. Hasta que un día cualquiera, en un momento no cualquiera, sino simplemente cuando dices basta, le das la oportunidad a otra persona de que te descubra tal y como eres, sin barreras. Te dejas llevar.

¿Has observado la capacidad de adaptación de los niños frente a cualquier situación? Un cambio de residencia, de colegio, de círculo de amigos, de actividad extraescolar, de unos padres que se separan. ¿Te has puesto alguna vez en su situación cuando su vida se basa en una completa incertidumbre?

Hoy estás con papá, a partir de mañana con mamá. Esta mañana nos vamos a la playa. De vacaciones nos vamos al pueblo. Este año cambias al instituto. Los papás han comprado esta casa. Esta noche cenamos con los abuelos. El miércoles hemos quedado con los amigos de los papás y sus hijos.

Imagina tu vida comandada por un ser superior que te maneja cual marioneta sin mucha posibilidad de respuesta por tu parte. Yo me lo he planteado cuando alguna vez he llamado a mis hijos, estando con su madre y les he preguntado “¿qué vais a hacer hoy?” y Rebeca me ha contestado “no sé papá” y al momento he oído un grito preguntándole a su madre “mamá, ¿qué vamos a hacer hoy?”

Tú como adulto, sabes cuando empieza el cole, cómo se reparten las vacaciones, con quien cenas y comes, cuando podéis ir al cine. Ellos solo se acoplan y adaptan. Piensa cómo sería tu vida si al levantarte un fin de semana te dijeran, hoy vamos aquí, te guste o no. Hoy toca colegio y es este que han decidido para ti. Hoy te levantas y vas a trabajar a esta empresa y no tienes posibilidad de elección. Hoy descansa, aunque no estés fatigado porque yo decido que sea así. ¿Cómo llevarías esto? O te adaptas rápidamente a las circunstancias o vives amargado el resto de tu vida.

Observa a los niños. Levántate cada día como si fuera algo nuevo a descubrir, una experiencia que disfrutar y de la que aprender. Déjate sorprender por lo que te va a deparar cada hora que transcurra. Fluye con lo que te traiga la vida. Improvisa. Adáptate y siente cada momento. Tanto a nivel personal, empresarial, familiar o de pareja.

No te quedes en el sofá y sal a pisar charcos.

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