Los miedos de los adultos

Me sorprendí hace algún tiempo cuando en un taller de una terapia alternativa, se planteó un ejercicio para trabajar los miedos. Consistía en que cada uno de los que conformábamos el círculo de personas de aquel habitáculo, debía apuntar en un papel una relación de las cosas que temía.

Recuerdo que mis compañeros tardaron en rellenar el papel que posteriormente había que situar en la parte central. También recuerdo que me quedé sujetando el papel haciendo tiempo para que los demás acabaran y tan solo apunté “miedo a las alturas”, algo que según tengo entendido tiene que ver fisiológicamente con el oído interno. Sabía que no estábamos hablando de este tipo de miedos pero no quería ser el único que dejara el papel en blanco.

Después de hablar algo sobre el tema, se fueron leyendo uno a uno los papeles de cada uno de los participantes de forma anónima y uno de los miedos más compartidos era el miedo a la muerte. ¿Miedo a la muerte? ¿Por qué tenéis miedo a la muerte? pensé yo.

Nunca me lo había planteado hasta que un día vi, en una secuencia de la trilogía de Indiana Jones, una escena que me cautivó y me dió una respuesta sosegada y tranquila sobre el tema.Tras una persecución en una lancha motora por el puerto, Indi acaba en la misma embarcación que uno de los defensores del Santo Grial peleando a puñetazo limpio. Poco a poco, la hélice de un gran barco los va atrayendo y se percatan de que si siguen luchando, ambos morirán absorbidos por el flujo de agua. En ese momento, el actor secundario le dice a Indiana: “Yo estoy preparado para morir, ¿lo está usted, doctor Jones?”

¿Estás preparado/a para la muerte?

Aquella frase me dió que pensar a la vez que me transmitió una paz indescriptible. Pensé, tengo dos hijos maravillosos a los que, si me pasa algo, cuidará su madre de manera excepcional junto con su familia y la mía. He dejado o intentado dejar un legado de cosas bien hechas, de pequeñas acciones de bien, he intentado ser buena persona y tengo la conciencia tranquila por ello. Hasta el día de hoy he vivido una vida plena. Seguro que algunas cosas podría haberlas sentido más intensamente y podría haber disfrutado más el momento, pero no me arrepiento de nada y asumo conscientemente todos mis actos. Sí, creo que podría morir ahora mismo, morir tranquilo, con los deberes hechos.

Eso no significa que quiera hacerlo, ni que lo vaya a hacer. Me quedan muchas cosas pendientes y tengo unas ganas locas de realizar una infinidad de cosas antes de irme al otro barrio. Simplemente me lo tomo como un regalo de cumpleaños, que sólo puedes abrir el día de tu cumpleaños, no estoy inquieto por saber qué es, por palparlo a ver si adivino su contenido, porque me den pistas para lograr descubrirlo antes de tiempo. Simplemente, cuando llegue el día, abriré mi regalo.

Mi atención se centra en hacer, vivir y experimentar todo aquello que creo que debo hacer, vivir y experimentar. No quiero llegar al final de mis días arrepintiéndome de las cosas que no he hecho. Por otro lado, soy un soñador pero con los pies en el suelo. Tengo claro que no voy a abandonarlo todo como si solo me quedara el día de hoy, porque mañana habrá que pagar la hipoteca y el colegio de los niños pero cada vez soy más consciente de que les tengo que decir que les quiero todos los días, de no cerrar ninguna puerta, de no dejar ninguna discusión en marcha ni de dejar cabos sueltos. Cualquier día puede ser mi día, en cualquier instante puedo tener mi regalo.

Cuando le pregunto a mis hijos si tienen miedo a la muerte me dicen rotundamente que no. Y cuando les pregunto por qué, me contestan con un simple “porque no”. Es más, si les recalco si no tienen miedo por si van a ir al infierno o al cielo, si se van a convertir en una estrella, si se van a reencarnar en otro ser vivo o si van a desaparecer sin más, me contestan: “es que no pienso en ello” o “tengo mejores cosas en las que pensar”.

Tus pensamientos guiarán tus actos. Tus actos forjarán tu destino.

Respuesta sencilla a la par que profunda. ¡No hay más! No creas que puedes insistir en el tema. Como adulto te quedas pensando que no puede ser tan simple, crees que tal vez proyecten una barrera para evitar sus miedos, seguro que un psicólogo podría analizar su comportamiento aportando definiciones con términos complejos que expliquen porque después de contestar tan llanamente se vuelven a jugar y olvidan el tema. Aprendamos de ellos y pensemos “¡Vale!”

Otros miedos que salieron a relucir en la sesión de trabajo con los adultos fueron: miedo a la oscuridad, miedo a quedarse solos, miedo al rechazo, miedo a una pérdida y miedo a que volviera mi ex y me pegara.

Este último miedo era el único que adivinamos a quién correspondía a pesar de haber realizado el ejercicio de forma anónima. Al leerlo, la chica que lo seguía padeciendo contrajo todo su cuerpo y su cara la delató. Entendí su miedo fundado en el maltrato físico y psicológico que había padecido durante mucho tiempo por parte de su pareja, uno de esos que se hace llamar “hombre”. El resto de miedos, podrían englobarse dentro de dos grandes categorías: miedo a lo desconocido e inseguridad en uno mismo.

El miedo a lo desconocido.

Cuando no controlamos la situación, cuando algo nos desborda, cuando no entendemos el por qué, cuando desconocemos cuál será el desenlace, cuando algo nos descoloca, entonces es cuando nuestra mente nos alerta de un posible peligro y es cuando podemos tener miedo de afrontar esa situación.

Piensa por ejemplo en el miedo a la oscuridad. Principalmente está basado en no saber qué puede haber ahí afuera porque no puedes verlo. Realmente es una tontería porque si cierras los ojos, siguen estando los mismos objetos en los mismos lugares de tu casa. Si la oscuridad se plantea en un lugar desconocido como por ejemplo en un bosque en la montaña y a eso le añadimos sonidos no conocidos, es cuando tu mente determina ese estado de ansiedad. Pero, ¿qué pasaría si supieras que ese ruido escuchado es el de un gracioso erizo que anda sobre la hojarasca o que es el aleteo de un precioso búho iniciando su vuelo para encontrar la cena y a esto añadimos que los búhos no comen humanos?

¿Cómo se trabaja el miedo en una película de terror? Se juega con las luces, siempre tenues o con elementos que quitan visibilidad como niebla, bruma. Se le añade un modo de filmación desde perspectivas del propio espectador, como si lo estuvieras viviendo en primera persona. Al malo de la película muchas veces no se le ve porque es un plano cortado de su cabeza, tiene ocultado su rostro o tiene una expresión de ido que no aporta ninguna confianza. Y sobre todo, se añade un componente musical y de efectos sonoros que van a hacer que saltes de tu asiento. Si a esto le añades un par de fotogramas prácticamente subliminares que el ojo casi no capta pero que tu cerebro sí, dentro de las treinta imágenes por segundo que componen el film, el resultado es un sobresalto.

Ahora imagina por un momento la misma escena pero completamente iluminada, donde todo se distingue bien. Piensa en el malo como alguien completamente normal, con una cara afable y una expresión completamente distendida. Incluye una banda sonora de baile de los ochenta, algo pegadizo y que le de alegría y color al momento. Y al asesino psicópata, al vampiro chupa sangre o al alienígena de otro mundo, hazle sorber un globo de helio y que hable como un pitufo. ¿Crees que con estos cambios, esa misma escena te daría miedo?

Los malos en la vida real no tienen cara de malos.

Por eso es importante hacer ver a los niños, que eso que nos inculcan en las películas, esos trailers terroríficos que se emiten en horas donde ellos están presentes y que tanto les aterrorizan, no son reales. Un malo en la vida real no tiene cara de malo, puede ser amable, simpático, enrrollado, divertido y puede ser un extraño o ser un conocido, incluso un amigo, un familiar, un profesor o un monitor de campamento. No es cuestión de meterles miedo en el cuerpo sino de explicarles lo que está bien y lo que está mal dentro de los cánones de la sociedad y enseñarles a captar señales que diferencien estos comportamientos, no con el objetivo de que tengan miedo sino simplemente para que estén atentos.

La otra categoría principal en la que podríamos englobar el resto de miedos está basada en la autoestima, en la forja de una personalidad, en creer en uno mismo, el saber que eres completo y no necesitas de nadie para ser persona. Cuando tienes seguridad en ti mismo, no necesitas a nadie para vivir y disfrutar de tu vida. Es más, no podrás estar con nadie y que la relación funcione a pleno rendimiento a no ser que primero hayas trabajado tu “necesidad” de estar en pareja. Estate bien contigo mismo, quiérete mucho, dedícate tu tiempo y entonces, solo entonces podrás estar bien con alguien.

¿Te has planteado alguna vez cuándo pasamos de ser niños donde no necesitamos a nadie para disfrutar, donde nuestros amigos de diferente sexo son tan solo amigos y da igual su color de piel, estatura o volumen y pasamos a juzgar, criticar y clasificar cuerpos, amistades, y sexos? ¿Quienes son los primeros que preguntan si tienes novio/a cuando estás en la misma escuela infantil? ¿Quienes son los que te incitan a perdonar o a vengarte de alguien que te ha hecho algo desagradable?¿Quienes marcan la diferencia entre un cuerpo atractivo y uno desagradable simplemente por su forma? ¿Quienes dan la supremacía a una persona simplemente por ser niño o niña?

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