“Mi clase es un rollo”

En un mundo en continuo movimiento, con avances tecnológicos increíbles, en el núcleo de la mayor revolución no industrial sino más bien electrónica e informática producida en la historia de la humanidad, ¿seguimos teniendo las mismas clases que hace más de un siglo?

Los medios de transporte han elevado a la enésima potencia su velocidad, capacidad y seguridad en este tiempo, proporcionando las computadoras un control casi autónomo. Las cadenas de producción de las fábricas están robotizadas y las empresas de logística se sirven de robots para gestionar sus almacenes y de drones para servir sus productos a los clientes. Los súper ordenadores que ocupaban habitaciones enteras se han reducido a chips del tamaño de la yema de nuestros dedos y manejamos verdaderos ordenadores personales en nuestros teléfonos móviles.

¿Mismas aulas? ¿Misma estructura jerárquica?

En el aula podemos utilizar pizarras digitales interactivas, proyectores para jugar en el suelo, mesas con decenas de puntos que reaccionan  con la presión de nuestros dedos, tablets y demás dispositivos móviles donde trabajar de forma competitiva o colaborativa. Existen miles de recursos disponibles para trabajar con todo este hardware pero, ¿por qué las aulas siguen siendo como las aulas de hace ciento cincuenta años?

Tal vez la respuesta sea porque casi ningún político ha sido maestro o porque ningún ministro de educación ha estado con veinticinco o treinta niños a su cargo. Y esto pasa en la mayoría de los países. Tal vez por desidia de algunos maestros o puede que por su incapacidad de maniobra frente a un sistema educativo rígido que impone sus normas. O simplemente sea porque nadie le ha preguntado a un niño.

Si les preguntas a ellos por la asignatura que más les gusta, exceptuando algún caso que ya se decanta por lo que llegará a ser cuando sea adulto y pueda responder matemáticas o lengua, el resto suele coincidir en su respuesta: educación física o plástica. También tiene mucho que ver con el profesor. Un profesor dicharachero, risueño y divertido puede hacerte amar la asignatura más compleja y un maestro dejado y sin motivación puede hacer que odies el temario más interesante. Si además preguntas por el rato que más les gusta en su jornada laboral de niño todos coinciden en el rato del patio.

Lo que más me gusta: educación física y plástica y el rato del recreo.

Le pregunté a los míos. Tan solo dos niños pensando durante un minuto. Lo tenían claro. Imagina miles de niños proponiendo cosas a los adultos que decidirán sobre si luego es viable el llevarlas a cabo. Imagina el poder creativo de miles de hemisferios derechos en estado puro sin el encauzamiento de un adulto guiándolos hacia donde quiera llevarlos. Imagina miles de niños siendo niños.

“Me gustaría que en clase hubiera sofás, más colores y que fuera menos aburrida. Que tuviéramos almohadones para la espalda, más tiempo para leer y poder almorzar más lento porque luego me sienta mal la comida. Quiero más profesores como Rafa, más horas de educación física y que las mesas fueran de pizarra para poder escribir en ellas. Que hubiera más luz, más excursiones. Tablets en vez de libros y hacer más presentaciones con el ordenador. Más juegos para aprender todas las asignaturas. Un tobogán para bajar desde mi clase al patio, que hubiera más obras de teatro y que no hubiera deberes”.

“Un tobogán para bajar desde mi clase al patio.”

Muchas respuestas te resultarán familiares, otras alocadas pero gran parte de las propuestas no tienen coste económico o es muy bajo con respecto al bienestar que proporcionan tanto físico como de motivación. Además, no se trata de lo que a ti te gustaría sino de lo que les apasionaría a ellos. Imagina cómo recordarías tu colegio si hubieras bajado al patio en tobogán, si hubieras experimentado más fuera del aula, si te hubieran enseñado jugando, cantando e interpretando, si hubiera más profesores divertidos con los que da gusto aprender o si pudieras colaborar más con tus compañeros realizando trabajos en grupo sentados cómodamente sobre unos almohadones gigantes.

Se ha demostrado que entornos de trabajo amigables aumentan la productividad. En empresas como Google existen estos toboganes que demandaba Rebeca, tienen boleras y piscinas climatizadas, así como espacios de trabajo abiertos y oficinas con la cama cerca del ordenador para optimizar las horas de trabajo y de sueño. El veinte por ciento de la jornada laboral, es decir, uno de cada cinco días, puede dedicarse a proyectos fuera del rol desempeñado en la empresa y están abiertos a cualquier tipo de sugerencia de los trabajadores. Tienen todas las comidas gratuitas en la empresa y con todo tipo de comida, desde sushi hasta vegana. Disponen de bicicletas de uso gratuito tanto unipersonales como con cuatro ruedas para moverlas en equipo.

Ambientaciones divertidas y coloridas hacen cuanto menos agradable la estancia de los más pequeños en los hospitales. Los aparatos de resonancia se camuflan en mundos imaginarios para que resulten menos agresivos a los niños. Los pasillos se engalanan con ilustraciones de toda índole para recibirlos. Organizaciones sin ánimo de lucro recorren las habitaciones cantando y haciendo reír a padres e hijos en estancias prolongadas. Incluso profesionales de la medicina se disfrazan de súper héroes para pasar consulta atrayendo y jugando con los más pequeñajos.

La gamificación aumenta hasta en un ochenta por cien la retención de lo aprendido en el cerebro de un niño, mucho más que una estimulación auditiva y visual. Todo el mundo de las Apps para móviles ha revolucionado la forma de aprender conceptos desde la más tierna infancia. Un niño interactúa con un dispositivo electrónico igual que lo hace en el mundo real: viendo, oyendo e realizando acciones que requieren de su atención y fomentan la toma de decisiones. Las posibilidades que le brinda un buen desarrollo de una aplicación son infinitas. Han nacido con ello y está integrado en sus vidas, es un elemento más de aprendizaje.

Si todo esto es así, ¿por qué las clases siguen teniendo los mismos aburridos pupitres y están organizados frente al profesor de la misma forma jerárquica que hace dos vidas? Y, ¿por qué se sigue dando la clase la mayoría de las veces de la misma forma?

¡Imagina, pregunta y actúa!

Imagina por un momento pupitres de colores decorados por los propios alumnos con dibujos, adhesivos o empapelados con tiras de tebeos. Que no fueran convencionales sino que fueran colaborativos dispuestos en grupos y plenamente confortables. Imagina una mesa central interactiva que pudiera manejarse por todos los alumnos al mismo tiempo y que se comunicara con el resto de mesas de trabajo. Con zonas diáfanas para estar de pie frente a una pizarra transparente mientras que otro grupo de alumnos discute sobre unos almohadones gigantes en el suelo. Un profesor que maneja los tiempos de trabajo en las diferentes zonas de la clase y que hace rotar a los alumnos para que continúen el desarrollo de sus compañeros sobre un tema en concreto. Alumnos que expongan a los demás miembros de la clase sobre un atril o que interpreten sobre un mini escenario desmontable una obra. Que diseñen sus propias paredes y que puedan pegar sobre ellas cualquier idea, sugerencia, inquietud o necesidad. Un aula donde puedas colgar tus trabajos del techo y manejarlos con un sistema de hilos cual tendedero de ropa. Con una pizarra con ruedas que se pueda trasladar por la clase donde proyectar la comunicación con otro colegio con el que realizar un trabajo conjunto, incluso con el extranjero.

Crear un sitio donde querer ir a aprender.

Cambia las sillas de sitio, establece nuevos roles y cargos dentro del aula. Solicita que las sugerencias de los niños se incorporen en los presupuestos anuales. Pide permiso para redecorar cada año tu aula. Haz una lluvia de ideas con tus alumnos para rediseñar la clase por completo. Pídeles a los niños ayuda para reestructurar la biblioteca con nuevas zonas de lectura. Habla con ellos para saber qué les gusta o cómo darían ellos las clases. Por qué vienen al cole y cómo les gustaría venir. Averigua qué profes les gustan más y por qué. Haz que ellos hagan de profesor y haz tú de alumno. Establece zonas tecnológicas y austeras donde se trabaje el temario con elementos electrónicos de última generación y cartón o madera por otro lado, permutando continuamente a los actores estimulando su creatividad. Que aporten diferentes soluciones para un mismo problema partiendo de limitaciones diversas.

Tal y como comentamos en otro post sobre la creatividad en la educación, quizás no puedas cambiar el sistema educativo, ni las normas que rigen tu colegio. Probablemente no puedas hacer nada con el mundo educativo pero lo que sí puedes hacer es cambiar cómo te recordarán tus peques cuando sean adultos, seas profesor, papá, tío o abuelo. Juega con ellos, enséñales mientras aprendes de ellos, escucha sus inquietudes, prueba sus métodos, experimenta cada día, no caigas en la monotonía, motívalos con lo que les gusta y atrae. En definitiva, ¡vuelve a ser uno de ellos!

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